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viernes, 22 de julio de 2016

Negros de mierda Por MARÍA DANIELA YACCAR

Una sola vez en mi vida le dije a alguien “negra de mierda”. Desde entonces, no soporto escuchar esa expresión.

Crecí en una torre de 14 pisos. Los edificios tienen la particularidad de que sus paredes son inertes: las vidas están todas mezcladas. Nadie respeta los horarios para hacer ruido, escuchás cantar al de abajo un sábado a la mañana, la de arriba te toca el piso – o sea, tu techo- porque está molesta porque vos hacés ruido, las voces de los vecinos llegan a tu mesa… Y todos saben todo acerca de todos. Si no lo saben, se ocupan de averiguarlo. Las relaciones toman inevitablemente un carácter familiar.

Los pibes y pibas estábamos siempre juntos, reunidos alrededor del Family, corriendo por los pasillos, jugando al cuarto oscuro en algún departamento o a la “comidita” con las pocas plantas que crecían en el estacionamiento. Contábamos con un patio de juegos con hamacas, tobogán, subibaja y arenero sin arena, entre otras atracciones, donde también jugábamos a distintas variantes de la mancha y a las escondidas. Era el respiro al que acudíamos como animalitos encerrados, hasta que empezaba algún programa como Los Simpson y no quedaba nadie.

Con una de las nenas nos odiábamos. Ella tenía una vida pretenciosa: ropa que aparentaba ser cara -aunque en realidad era de la feria de Larroque-, lo último en juguetería y una mamá parecida a Moria Casán. No sé cuántas Barbies tenía, pero eran muchas y las mejores. Era soberbia y antipática, también magnética y canchera. Yo, en cambio, me sentía demasiado frágil para este mundo. Cualquier cosa podía derribarme. Y tenía nada más que dos Barbies (con las que jamás jugaba).

Por esas diferencias de carácter, ella siempre salía airosa de las discusiones. Salvo una noche, en la que competimos por quién duraba más tiempo en la vertical pared. Aguanté. Y triunfé. Antes, sentí el odio materializado en cuatro piernas clavadas en una pared. El odio entre chicos es tan despreciable como el odio entre adultos.

Nuestros padres conocían nuestro odio. En realidad, todos, y parecía que se encargaban de alimentarlo. Un día, su madre me encontró en el dormitorio de una vecina -cuya casa era terreno de juegos- y comenzó a mascullar idioteces sobre mí: decía que yo era una mala y problemática nena. Yo lloraba sin parar, tirada en el piso. A la mujer poco le importaba. No paraba de hablar. Mientras, me observaba con lástima.

Yo sentía odio por mi vecina y al mismo tiempo lo minimizaba. Creía extrañamente que era “cosa de niñas”. El poder de las palabras ajenas.

Otra vez, me había “amigado” con su hermanita. Habíamos hecho un pacto para pasar una tarde olvidando rencores, y para compartir lo único que teníamos en común más allá del odio, que era una vecinita. Fuimos a jugar al patio, nos metimos en un túnel que allí había, y de pronto apareció su abuela, personaje funesto que yo ya había visto otras veces. Desde afuera del túnel, la mujer retó: “No, no. Con Daniela, no. Porque Daniela es más mala que una peste”. Así, detuvo el caudal de las emociones infantiles, tan ambiguas como las de los grandes, aunque a veces mucho más genuinas. Nunca más volvimos a jugar.

-Vos sos una negra de mierda- le vomité una noche a la piba, a la más grande, en el patio de juegos. El poder de las palabras ajenas.

Ella no dijo nada. Me miró a los ojos, devolvió un gesto triste, resignado; llamó a su hermana y subió a su casa.

Me vi en ese espejo que es la mirada del otro y me puse muy mal: sin saber del todo qué significaba, se me hizo evidente que lo que había dicho era grave. La piba nunca se había ido a su casa luego de una pelea. Y nunca había callado ante una agresión mía.

No me gustó que se fuera. No esperaba tanto.

No sabía que las palabras tenían semejante poder. Que podían herir así.

Mi propia flecha se volvió contra mí. Por eso, cada vez que escucho expresiones como “negro de mierda”, me duele. Porque siento que me lo dicen a mí.


http://www.nuestrasvoces.com.ar/a-vos-te-creo/negros-de-mierda/